Alejandro Gaviria, la calma en medio de la tormenta

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Alejandro Gaviria irrumpió esta semana en la campaña presidencial y de inmediato pasó lo que se preveía: se convirtió en el blanco de los ataques de las campañas que ya venían andando desde hace meses y que vieron, con razón, cómo el último en llegar les robó el protagonismo.

El exministro de Salud del gobierno de Juan Manuel Santos y hasta hace una semana rector de la Universidad de Los Andes, llegó a oxigenar una campaña que está duramente polarizada entre Gustavo Petro y todos los que se le quieren enfrentar, sean de derecha, centro o, incluso, la misma izquierda.

Las redes sociales, los programas de televisión, los noticieros y las conversaciones informales están plagadas de acaloradas discusiones por los defensores de los candidatos que, convencidos de que el suyo es el que tiene la solución a los problemas del país, se enfrascan en ataques infinitos en los que las ideas y los argumentos brillan por su ausencia.

En medio de todo ese caos, esa gritería, ese bullicio, Alejandro Gaviria llega con una paz que sorprende. Consciente de que la fuerza no tiene que ir en la voz sino en las ideas, anunció su candidatura con un video de algo más de 6 minutos en el que destapó sus cartas, que se resumen en su eslogan de campaña: Colombia tiene futuro.

Sin embargo, Gaviria no la va a tener fácil en los próximos meses, aunque su nombre goce de gran aceptación entre muchos de los usuarios de redes, que es donde por ahora se miden los debates y las opciones de los candidatos. Y no la va a tener fácil porque va a tener que luchar contra dos cosas concretamente: el desconocimiento del que goza en la Colombia profunda, donde el Internet que prometió el MinTic aún no ha llegado; y los ataques sin piedad provenientes de las demás campañas que ya temen su ascenso como la espuma en las encuestas.

De los dos retos que se le avecinan, el primero parece ser el más difícil. Posicionar su nombre entre los votantes de la Colombia que no es Bogotá, Cali ni Medellín, no parece una tarea fácil en el poco tiempo que le queda para ello. Además, en ese país que en Bogotá suelen llamar ‘de las regiones’, Fajardo y Petro le llevan una ventaja grande porque lo han recorrido varias veces y porque se enfrentaron en las últimas elecciones. También, porque el nombre de Gaviria, así no lo quiera reconocer y sus ideas difieran de ello, se asocian a una clase que es la que se forma en Los Andes, la universidad que dirigía hace apenas una semana.

Gaviria, ateo, sobreviviente de cáncer y exministro de Salud, tendrá que hacerles frente también a las duras críticas que los petristas y fajardistas ya le están haciendo, y que arreciarán en los próximos meses. De cómo las enfrente y salga avante, también dependerá mucho su campaña, pues el país ya está cansado de la polarización que se ha impuesto y que tilda a unos y otros de toda clase de adjetivos que solo esconden una única acusación: los problemas del país son por su culpa o la clase que usted representa.

Gaviria, la calma en medio de la tormenta que hoy vivimos, se impone como una opción que se aleja de los extremos y que llega para trastocarlo todo. Gaviria, el sereno, tiene el reto de convencernos a todos los que no queremos que los extremos o el que diga Uribe nos gobierne. Gaviria, el candidato, tiene el reto de convencernos de que la política, antes que cualquier otra cosa, tiene que ejercerse con decencia. Por ahora lo está logrando. Ojalá no nos defraude.

El Santanderista

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