PODREDUMBRE

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La política colombiana, como se dice coloquialmente en Cúcuta, huele a picho. O está podrida, que es lo mismo. Y lo está, porque nunca, en su historia, se ha hecho de forma honesta, transparente y sin jugar sucio. Esto, sin embargo, ha sido más evidente en los últimos años y se ha exacerbado a niveles nunca antes vistos, en la contienda electoral que estamos viviendo actualmente.

La revelación en las últimas horas de una serie de videos en los que aparecen representantes de la campaña de Gustavo Petro, y él mismo, en al menos uno de estos, hablando de forma ruin y canalla de sus contendores y de las estrategias sucias que iban a implementar para aniquilarlo mediáticamente, fue la gota que rebosó la copa en una campaña en la que, más que propuestas, lo que hemos visto es cómo el ser humano es capaz de cualquier cosa con tal de llegar al poder.

Escuchar a Roy Barreras, a Armando Benedetti y a algunos asesores de la campaña de Petro, trazando la hoja de ruta de una estrategia llena de odio contra Federico Gutiérrez, Alejandro Gaviria y Sergio Fajardo, no solo debería sorprendernos e indignarnos, sino también movilizarnos en la defensa de una nueva forma de hacer política en el país.

En Colombia, lastimosamente, ha hecho carrera que el candidato que más suena no es el que mejores propuestas hace, sino el que más grita, el que más miente y el que más peleas caza. De a poco y por la fuerza de la costumbre, nos hemos ido sintiendo bien con esa manera de lograr el poder, en la que no importan los planes de gobierno, sino las estrategias de desprestigio que se utilizan entre los oponentes.

Y estamos tan adaptados a esta podredumbre, que celebramos y convertimos en celebridades a los estrategas, venidos incluso de otros países, que logran destruir al oponente de su candidato, con escándalos inventados, ataques personales, ‘fake news’ y movilizando matrices de opinión negativas a través de las redes sociales, que se han convertido en los canales de difusión más expeditos de toda esta basura.

El próximo 19 de junio, cuando se conozca el nombre del nuevo presidente de Colombia, será muy poco lo que podremos celebrar, pues ya todos habremos perdido con la forma tan sucia en la que el vencedor se impuso a su contrincante. Quizás lo único que habría que celebrar es que, por unos pocos meses, no seremos testigos de cómo un grupo de personas se destruye entre sí, ante la mirada ávida de sangre de un país que solo pareciese reconocerse en el aniquilamiento del otro, no solo físico, como llevamos haciéndolo más de 60 años, sino moral. Y esto último, aunque suene muy extraño, es peor porque convierte al ‘perdedor’ en la víctima de un odio que no merece y con el que debe cargar por años. Hasta su muerte.

EL GENERAL

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