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La noche que jamás volverá

Foto: Archivo ETCE

En momentos como el que estamos viviendo, en donde poco espacio queda para pensar en el futuro y el presente parece un cortometraje que se repite inmisericordemente, no hay mejor consuelo que el recuerdo del pasado. Dicen que los mejores recuerdos al final de la vida de un hombre pueden contarse con los dedos de una mano y algunos de estos se viven incluso a muy temprana edad, durante la infancia y la primera adolescencia, en donde cualquier tontería puede provocar una avalancha de emoción y felicidad.

Y pues allí estaba yo, tan solo contaba con escasos quince años de vida y justo al día siguiente cumpliría dieciséis. Esa noche la había asumido como un regalo de cumpleaños que jamás podría ser igualado o superado y que nunca olvidaría; era plenamente consciente del evento al que asistía y la cantidad de azares, casualidades y sucesos que debieron ocurrir para que fuera una realidad. Mis ojos no daban crédito a lo que estaba a punto de presenciar. Era la noche del 31 de mayo del 2007, la noche que jamás volverá.

Sonaban los himnos patrios y mientras miraba a mi alrededor para comprobar que no era el único a quien las lágrimas amenazaban con brotar, observé que la misma emotividad invadía los rostros de familiares, amigos y coterráneos que atiborraban la tribuna. ¿La razón? El doblemente glorioso se enfrentaba al Boca de Martín Palermo y Román Riquelme, históricos ídolos xeneizes que hasta la fecha solo nos era permitido admirar a través de la televisión, y pensar que pisarían la grama del General Santander no se suponía que ocurriera; definitivamente la historia nos premiaba con algo mayor de lo que merecíamos o alguna vez habríamos soñado.

Dejando en el camino a equipos de la talla de Gremio, Toluca y Nacional de Montevideo, nos las habíamos arreglado para alcanzar la fase de semifinales de la Copa Libertadores de América a punta de corazón y sacrificio, aunque no faltaron las dosis de buen fútbol, fantasía y gambeta. El novato Cúcuta Deportivo, aunque ya campeón nacional, no dudaba en plantarse de igual a igual ante los grandes del continente, no estaba en nuestro ADN el complejo de inferioridad ni la cobardía; era nuestra primera oportunidad y, como buenos primerizos atrevidos e irrespetuosos, queríamos la copa. El continente entero había vuelto su mirada hacia nosotros, un equipo sin experiencia copera que se alzaba y envalentonaba para desafiar el peso de las camisetas y la historia.

El Cúcuta había jugado los primeros diez minutos del partido a un ritmo frenético casi imposible de sostener, lo cual le permitió a Boca empezar a afirmarse en la cancha durante los minutos posteriores. Fue entonces cuando al minuto 26’ Pablo Ledesma le asestó la primera cachetada al quinceañero que miraba desde las gradas. El equipo argentino, que había logrado contener la arremetida local y empezar a desplegar su juego, desbordó nuestra defensa por el flanco izquierdo a través de Rodrigo Palacio, quien entregó un pase rastrero al volante derecho que marcaría la primera anotación del encuentro.

El público cucuteño se llevaba las manos a la cabeza en un acto de angustia y desesperación, las miradas de incertidumbre entre paisanos desconocidos se encontraban unas con otras y un silencio sepulcral intentaba instalarse en todo el estadio. Sin embargo, nuestro equipo tenía una mezcla de jugadores experimentados y jóvenes que gozaba de la fortaleza psicológica y emocional requerida para afrontar este tipo de instancias; no era el momento de amilanarse.

Los motilones estaban decididos a salvar la noche, nuestra noche, y al minuto 39’, tras pase de Macnelly, Blas controló con derecha a modo de globito y sin que la pelota tocara el suelo la empalmó con la zurda enviándola al fondo de la red custodiada por Caranta. El panameño nos metía de nuevo en el partido y los cucuteños probaríamos por vez primera el éxtasis que produce marcar un gol de semejante categoría al gigante de la Bombonera.

Los minutos transcurrieron en un juego de ida y vuelta con oportunidades para ambos bandos, hasta que al minuto 65’, con una definición no menos exquisita, nuestro nueve goleador les clavaba la segunda daga envenenada de color rojo y negro. Fernando Niembro y Mariano Closs, que relataban muy cómodos desde su cabina, le bajaron al tufo de altivez que se advertía en sus comentarios y admitieron que con nosotros la cosa era en serio y que no éramos una raza fácil de abatir.

Por último y para cerrar con broche de oro nuestra memorable noche, Bustos demostró al ‘Torero’, que llevaba la 10 del equipo rival, que él también había dominado con el paso de los años el arte de cobrar la pelota quieta. Con un misil endiablado, el oriundo de la misma Villa en que viviera el General Santander, enterraba el tercer tanto en el arco rival al minuto 84’; supimos dar la estocada final.

Terminado el tiempo de adición, el paraguayo Carlos Amarilla decretó el final del partido y la ciudad estalló en júbilo, David vencía a Goliat. Los medios internacionales reconocían la hazaña lograda y postulaban al equipo debutante como candidato a quedarse con la copa. Teníamos el fútbol y la mística para lograrlo, hasta el momento todo había salido mejor de lo que esperábamos y sentimos que la suerte estaba de nuestro lado. Nos permitimos soñar en grande.

Ocho días después nuestro equipo viajó a Argentina y junto con el humo hecho niebla de la Bombonera desaparecimos de la competencia continental. Nunca volvimos a experimentar las sensaciones vividas en la noche del 31 de mayo de 2007.

No se deje el lector invadir de un ánimo pesimista ni melancólico, pueda ser que el destino y el azar vuelvan a confabularse a nuestro favor, nunca se sabe. Sin embargo, esa noche jamás volverá, al menos para mí, puesto que, aunque Boca Juniors vuelva a pisar estas tierras, ya no estarán Martín ni Román, yo no me habré hecho más joven y seguramente no se jugará la noche antes de mi cumpleaños.

¡Recordar es vivir!, es buen momento para entregarse a la nostalgia y revivir los momentos que nos han arrancado una lágrima de felicidad.

Carlos Barriga M.

Internacionalista
Especialista en Gerencia de Empresas
Universidad del Rosario
Twitter: @CarlosBarrigaM

28 comentarios en “La noche que jamás volverá”

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