La generación perdida no es un término nuevo, se usaba para referirse a un grupo de escritores estadounidenses que se afincó en Europa –principalmente en París– en los años siguientes al fin de la Primera Guerra Mundial.
Pero hoy el término refiere a la población de jóvenes que han visto cortados sus procesos de educación a causa del aislamiento y el cierre de los centros educativos de forma presencial, ya que la pandemia se ha convertido en un colador por el que escapan alumnos y también maestros, debido a que el acceso a las herramientas tecnológicas no es una facilidad de todos.
Pese a que nuestro país vivió una revolución digital, desde la conectividad y el acceso a dispositivos en el cuatrienio pasado, muchos de estos quedaron en las escuelas y con ellos la oportunidad de continuar desde casa en la formación de niños y jóvenes.
Y es que, a la hora de ponernos en los zapatos de los jóvenes, debemos entender el choque que esta situación les ha generado, incluso para aquellos que cuentan con acceso a la virtualidad, la parte emocional se ve afectada por los cambios en su forma de relacionarse con sus amigos y compañeros. Además, vislumbrando que la virtualidad posiblemente continué y será la norma más no la excepción.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) alerta que la situación podría acabar en el surgimiento de una ‘generación de confinamiento’, una suerte de nueva ‘generación perdida’, que incluso puede afectar los ingresos de los trabajadores del futuro. Lo cual podría tener también efectos políticos por parte de quienes ejercerán su derecho al voto para castigar a partidos y líderes que no lograron –o no supieron– mitigar la crisis.
Ahora bien, las opiniones respecto al retorno a la presencialidad de la educación, en la denominada “Alternancia”, señala que la inasistencia a un salón de clase amenaza el proceso cognitivo y la calidad de aprendizaje, incluso para quienes cuentan con acceso a un computador y conexión de internet.
Pero el escenario en la zona rural es más complejo, donde los estudiantes están recibiendo cartillas para que estudien de manera autodidacta o en compañía de sus padres. La consecuencia es un incremento en la desigualdad o brecha entre la zona rural y urbana del país; a lo cual Norte de Santander no es ajena. En palabras de Adolfo Meisel, rector de la Universidad del Norte, para una gran cantidad de niños “este será un año perdido para el aprendizaje escolar, con el peligro de que aumente la deserción”.
Si revisamos un segmento de los jóvenes entre 16 y 28 años, aquellos que estaban a punto de culminar su bachillerato e iniciar la universidad o por otro lado culminarla para empezar su vida productiva, las perspectivas no son alentadoras, la tasa de desempleo juvenil ha aumentado más de 12 puntos porcentuales frente al mismo período del 2019.
Muchos jóvenes próximos a graduarse están a la espera de que se les asigne una empresa para realizar su práctica y culminar su ciclo universitario; esto puede generar que “el ascensor social se frene; si hasta hace unos años la educación llevaba a que los hijos tuvieran más ingresos que los padres, eso se está frenando”.
Ahora bien, en varios análisis realizados por observatorios internacionales, se aprecia que las necesidades sociales de la juventud, la falta de oportunidades profesionales, el empeoramiento de las condiciones laborales y los problemas en el acceso a la vivienda, pueden conducir a que estas nuevas generaciones se sientan excluidas de una sociedad que ven cada vez más injusta, lo que contribuiría a debilitar la cohesión social.
Esta generación de la Covid-19 podría enfrentarlos a años de salarios reducidos y perspectivas de trabajo limitadas, incluso mucho después de que haya pasado la tormenta económica actual, a menos de que se brinde apoyo certero que incentive la empleabilidad juvenil, quitando estigmas como: “Se requiere joven profesional con 3 años de experiencia”; es importante abrir las puertas del mercado laboral a una generación ávida de aprender y crecer laboralmente.
Esto debe ser un trabajo mancomunado entre políticas de Estado y la Empresa Privada, que movilicen la economía, que ayuden a difuminar la nube negra de la incertidumbre que agobia a todos. Para ello, iniciativas como “40 mil primeros empleos”, que le permitió el ingreso al mercado laboral a muchos jóvenes en el 2017, se deben replicar con mayor fuerza. Inicialmente el joven es contratado por un año, durante el cual se le paga salario, prestaciones sociales y vinculación a seguridad social (6 meses por cuenta del programa, y los otros 6 meses por parte del empresario).
No es una opción pensar en los jóvenes, debe ser una obligación, al final son ellos el futuro de todos, por eso no podemos permitir que encuentren hipotecado su porvenir.




1 comentario en “La generación perdida por el covid-19”
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