Me encontré en el ascensor con un vecino que es médico de urgencias. Venía, como él mismo me dijo “cabizbundo y meditabajo”. No era más que un chascarrillo lingüístico para hacerle el quite a la tristeza que lo oprimía, luego de 36 horas seguidas de trabajo.
“Sabe qué? Hoy llegó ese día que tanto temía. Hoy tuve que escoger a quién le daba la entrada a una UCI. Se la dí a un pelado de 22 años por encima de un abuelo de 86”, me confesó con la voz entrecortada, mientras justificaba su decisión asegurándome que el segundo tenía un cáncer avanzado, y que realmente no tenía una expectativa de vida más allá de unos pocos meses.
“Pero lo que más me emputa es que la familia del pelado al que le autoricé la UCI me confirmó que, seguramente, se había contagiado en una de las 5 o 6 fiestas clandestinas a las que asistió y que viven convocando por redes.”
Así de lapidaria es la tristeza que lleva en el alma. Me dijo que jugó a ser Dios por algunos minutos, lanzó la moneda al aire y perdió con cara. Y con sello también.
Detrás de esta historia macabra hay una sola lectura: No aprendimos de los primeros dos picos. Seguimos creyendo que esto de la pandemia es un cuento barato, y solemos echarles la culpa a quienes incluso con sus bemoles, están poniéndole el pecho a la brisa. Les hablo de los alcaldes, gobernadores y dignatarios de nivel central.
Esto no tiene tinte partidista. El Covid no le pregunta a nadie si es de izquierda o de derecha. Lo noquea y ya. Pero miles de colombianos suelen extender a diario el dedo que acusa para culpar de la desgracia a los políticos.
En lo personal, ninguno de ellos es santo de mi devoción, pero es mezquino achacarles la culpa de un nuevo pico cuya responsabilidad es exclusiva de cada uno. Ni el presidente ni su alcalde pueden correr detrás suyo para ponerle un tapabocas. Ninguno de ellos puede poner un policía en cada esquina para que la gente respete los protocolos de bioseguridad.
Pero esa inexplicable tendencia a extenderles la responsabilidad a los otros, tan colombiana como la chicha, nos tiene al borde de una tragedia. Esos muchos se fueron de paseo en Semana Santa, esos otros que salieron sin tapabocas a la calle, o esos que hicieron reuniones familiares sin miramientos, hoy le echan la culpa de lo que vivimos al lento ritmo de vacunación.
Extienden ese dedo acusador para criticar todo, para señalar a quienes de buena voluntad capotean el temporal, pero se olvidan de la mínima responsabilidad individual que nos exige este apocalipsis a cuentagotas que estamos viviendo.
Es claro que hay cosas por corregir entre quienes nos gobiernan. Pero no existe un solo delantero que se pare en frente de un arquero a patear un penalty, con la firme intención de botarlo. La tragedia está aquí y ahora, y es responsabilidad de la indolencia de los irresponsables, no de los alcaldes, gobernadores o del presidente.
Las evidencias son contundentes. Basta el ejemplo de mi vecino médico. Basta el horror que se vive en Medellín donde, al cierre de esta columna, 120 personas hacían fila para una UCI. Nada de eso es culpa del gobierno. Es culpa suya, sí. De usted que se relaja. De usted que no guarda la distancia. De usted que se sale a comer un helado, dando papaya en la calle.
Las cifras nos revelan algo todavía más espantoso: quienes están entrando ahora a menudo a esas UCI son los jóvenes como el que salvó mi vecino, que, según su familia vive de rumba en rumba. Y lo que más indigna a la mayoría de quienes han observado estrictamente las reglas, el confinamiento y las cuarentena es que, precisamente, esos jóvenes son los primeros en acusar al gobierno de no hacer nada y de no controlar la pandemia.
Terminé el viaje en el ascensor con mi vecino médico, quien al despedirse me dijo, con una rabia que hacía que las venas de la frente se le brotaran: “Le juro por mis hijos, que lo pensé hasta último momento. Ese pelado no se merecía la UCI, pero yo tuve que escoger. Que Dios y la familia del viejito me perdonen”.
Yo me estremecí pensando no solo que no hubiera sido capaz de tomar una decisión en esas circunstancias, sino, especialmente, cuando caí en la cuenta de que, en últimas, estamos en manos de esos pelados irresponsables. Son ellos, creo yo, los que están llevando el virus de casa en casa.
Traté de pensar en una solución para zanjar de raíz esa pelotera, pero qué va. Toca echarse la bendición y esperar que entren en razón por la buenas o por las malas, cuando vean a sus amigos dentro de una bolsa negra.
Bien lo decía mi amada abuela, quien por fortuna no tuvo que marchitarse en vida viendo esta tragedia del coronavirus: “Tranquilo, mijo: la juventud es un defecto que sólo se quita con los años”. Permiso.



