Barquisimeto, Venezuela, 30 de enero de 2001. Alejandro se ata los cordones de los tenis blancos nuevos que su tía Vicky le trajo la semana pasada, desde Estados Unidos, como regalo de su cumpleaños número nueve. Alejo, como le llama su familia, salió de su habitación y bajó a la cocina a buscar a su nana, que estaba terminando de planchar su camisa del equipo de béisbol de la ciudad: Los Cardenales de Lara.
Esa tarde se jugaba la final de la Liga Venezolana de Béisbol Profesional entre los Cardenales de Lara y Navegantes de Magallanes. Su padre, Rubén, un reconocido comerciante de electrodomésticos importados, gritaba instrucciones a sus sobrinos mayores, dirigiendo la organización de lo que iba a ser uno de los tradicionales asados a los que asistían familiares y amigos, los cuales lograban sumar por lo general unas treinta personas.
A un costado de la piscina y sobre un jardín perfectamente podado, se había instalado una pequeña tarima en donde se ubicó un televisor de buen tamaño y se acomodaron sillas de plástico en hileras. A pocos metros, se dispusieron dos refrigeradores repletos de cerveza helada y un par de botellas de whisky. Todo listo para ver la final y disfrutar de tremendo festín.
Tras un intenso juego, los Cardenales derrotaron a los Magallanes y lograron de esta manera el título de la liga; Rubén y Alejo se fundieron en un abrazo, al tiempo que tíos y primos chocaban las manos y se felicitaban unos a otros por la victoria; no hubo problema en celebrar hasta altas horas de la noche, puesto que la mayoría de los vecinos se había dedicado al mismo plan.
Alejo comparte conmigo sus recuerdos y no siente vergüenza al hacerlo. Mientras reconstruye aquella tarde por medio de sus recuerdos, su narración baila entre la emoción y una nostalgia que no logra ocultar. No es difícil apreciar cómo se iluminan sus ojos al hablar sobre su infancia en Barquisimeto. Recuerda el béisbol, los amigos del colegio, sus primos, la comida de su nana y a Paulina, la novia de su adolescencia. Hoy, Alejo, a sus 28 años, hace parte de un grupo de caminantes de nacionalidad venezolana que retorna desde Bogotá con la intención de ingresar a Venezuela. Lo acompañan una maleta mediana de rodachines y un morral, allí lleva su vida y su patrimonio. Unos metros atrás, lo sigue su padre, Rubén, cuyo rostro bronceado por el sol y su cabello color sal y pimienta parecieran revelar más edad que los 61 años que en realidad tiene.
Regresan a Venezuela debido a la falta de oportunidades laborales, situación que ha empeorado dramáticamente por cuenta de la pandemia. No son los únicos, teniendo en cuenta que más de 106.000 personas han retornado a Venezuela. Según Migración Colombia, desde el mes de mayo la población venezolana se ha venido reduciendo mes a mes en un 1%, sin embargo, con la reapertura gradual de la economía es de esperarse que se frene dicho retorno hacia Venezuela y que miles planeen reingresar a Colombia.
Mientras se mantenga el régimen en Venezuela, la crisis migratoria continuará, exigiendo que de este lado de la frontera estemos a la altura de los retos y desafíos que deben afrontar nuestras instituciones y cada uno de los colombianos. La calidad de una sociedad podría medirse, entre otras cosas, por el nivel de humanidad con el que trata a la población extranjera migrante o con necesidad de protección internacional. Ojalá los colombianos nunca tengamos que emigrar de forma masiva de nuestro país a buscar mejor suerte en otro. Si hipotéticamente fuera así, ¿cómo nos gustaría ser tratados?
Recordemos que un migrante es una persona que ni es ilegal ni es legal, lo correcto es referirse a su estatus migratorio como regular o irregular, dependiendo de si cuenta con un visado o permiso de permanencia en el país de acogida o no. Recordemos que un migrante es un ser humano con derechos que tienen el mismo peso que el de cualquier otro. Es probable que en ocasiones perdamos de vista ciertas consideraciones. Nadie sale de su país por gusto, los migrantes no están de turismo y, si pudieran escogerlo, no estarían dejando sueños, familiares, amigos y toda una vida atrás.
Es por esto que urge que desde lo institucional se fortalezcan las rutas de atención al migrante garantizando el acceso a derechos fundamentales como la salud, la educación y la vivienda. Estas acciones requieren de dinero, es cierto, ya veremos si nuestro presupuesto nacional permite brindar esta atención con la calidad y la eficiencia que se requiere. Sin embargo, hay cosas fundamentales que no requieren dinero y harían una gran diferencia. No estigmaticemos a la población migrante ni contribuyamos a generar estereotipos. No alimentemos la xenofobia ni enseñemos a nuestros niños a brindar un trato diferenciado dependiendo de la nacionalidad.
Que alce la mano el que tenga la vida comprada y el futuro asegurado, y que sea esta una invitación a estar a la altura de las circunstancias, no de las propias, sino de las ajenas.



