La frontera se ha convertido en una especie de bendita maldición para el desarrollo socioeconómico de nuestra región. Esta línea imaginaria que cambia absolutamente todas las reglas entre un mismo territorio separado por una línea invisible que nadie sabe muy bien en dónde queda, se ha encargado de marcar nuestro destino desde el día mismo de su creación, más o menos por allá en 1.830.
Ese cambio de reglas políticas y económicas de los territorios colombiano y venezolano ha permitido desde su existencia el florecimiento de un intercambio comercial permanente que se desarrolla tanto de forma legal como ilegal. La diferencia de precios, calidades, oferta y demanda de todos los productos que uno se pueda imaginar, es permanente. Siempre hay algo más barato acá que allá o viceversa. Siempre algo que escasea acá existe de sobra allá o viceversa. Siempre hay algo de mejor calidad allá o acá, y las poblaciones de ambos lados se han vuelto expertas en entender los momentos y poder diferenciar si se compra o se vende acá o allá, la forma como se pase es lo de menos. Esto aplica para bienes y servicios, legales e ilegales. Ha habido momentos incluso en los que no se compra nada, solo diferenciales cambiarios artificiales han permitido crear fortunas al cabo de unos pocos meses sin comerciar absolutamente nada.
La frontera se ha convertido en una especie de organismo, con varios sistemas, que funcionan manteniendo viva una región que a pesar de las dificultades siempre encuentra la forma de poner a trabajar sus órganos, manteniéndose con vida, respirando y creciendo, con desorden e inequidad, pero creciendo. Y ese crecimiento se ha convertido muchas veces en un espejismo para personas de todos los rincones de Colombia que, ante la falta de oportunidades en zonas alejadas del país, terminan en esta frontera soñando con salir adelante, aprovechando alguna de las ventajas que da esa frontera. Ese espejismo, sumado a muchas otras situaciones que han ocurrido a lo largo de los años, por ejemplo, desplazamiento rural por la violencia y ahora en los últimos años, la migración venezolana, han hecho que nuestra región crezca de forma muy desordenada con cinturones de miseria incontrolables que a su vez crecen y se consolidan año tras año, generando un caldo de cultivo de pobreza y miseria que no genera oportunidades para la gente, que expectante, vuelve a mirar a la frontera y más específicamente a su economía ilegal como única fuente de recursos, generando un círculo vicioso y una espiral de violencia que nos tiene consumidos.
Por otro lado, las empresas formales que se han establecido y que han perdurado lo han hecho al vaivén del comercio binacional. Así como la situación fronteriza muchas veces ha sido provechosa para los negocios (de bienes y servicios) que se instalan de este lado de la frontera, otras tantas, ha sido su ruina, porque ese bien o servicio que proveen muchas veces deja de ser competitivo porque se consigue más barato al otro lado.
Basta con revisar los listados de las empresas más grandes de Colombia para observar que estamos lejos. Entre las mil primeras, no contamos con más de 5 empresas que hacen su aparición muy discretamente al final del listado. Es decir, nuestras empresas son muy pequeñas a nivel nacional. No contamos con grupos empresariales que generen riqueza como sí los hay en Medellín, Cali, Bucaramanga, Bogotá y Barranquilla. Pero esos grupos empresariales sí vienen a nuestra ciudad y aprovechan nuestro mercado.
El tamaño de nuestra economía formal es muy pequeño, a pesar de que la informal es grande y disperso. No tenemos grandes empresas que vendan más de un billón de pesos y que generen empleos por miles, ni cacaos locales que brillen a nivel nacional y que se puedan preocupar de forma altruista por ayudar a sacar la región adelante como sí ocurre en las otras regiones; pero sí tenemos pequeñas y medianas empresas que se rebuscan la forma de salir adelante, y que se han aprendido a mover al vaivén de la frontera.
Considero que hemos estado desenfocados mucho tiempo. Las entidades de la región no tienen un plan estratégico con visión a futuro, o peor, lo construyen cada 3 o 4 años, cambiando la mira y el alcance, pero si hay algo que no podemos negar ni cambiar, es nuestra situación geográfica y nuestra frontera. Tenemos que decidir qué vamos a hacer con ella. Si la vamos a cerrar, tendría que ser algo así como lo que ocurrió entre las dos Coreas, y el cierre tendría que ser hermético, con la fuerza completa del Estado y de forma permanente, y además debería venir acompañado de unas políticas nacionales de inversión bastante ambiciosas y cambios económicos desde el gobierno central. Pero esto no parece viable en el corto plazo, y en nuestra cultura tropical, es bastante iluso.
Es por esto que creo que la opción que nos queda con la frontera es aprender a vivir mejor de ella y explotarla dentro de la formal. Tenemos que exigir a nuestro gobierno que exista control territorial y seguridad en la frontera. Lo cierto es que mantener la frontera cerrada, a pesar del tema sanitario, ya empieza a dejar de ser una opción, y comienza a volverse necesaria su reapertura. El gobierno nacional invierte mucho dinero en seguridad nacional, una parte importante, debería invertirse en los puentes de Cúcuta, Villa del Rosario, Puerto Santander y demás pasos fronterizos, con infraestructura que permita la circulación controlada tecnológica y fluidamente de los ciudadanos de lado y lado, que se necesitan para mantener esta región con vida. Los sectores de La Parada, El Escobal y Puerto Santander, son tierra de nadie y el Estado no ejerce control territorial sobre ellos salvo de forma temporal, pero esto no tiene por qué ser así toda la vida. Al fin y al cabo, esa es una de las principales funciones de un Estado, brindar seguridad a sus ciudadanos y hacer respetar sus fronteras. Es que el Estado, a través de sus expresiones local, departamental y nacional, se ha dedicado a un montón de temas que poco tienen que ver con lo realmente importante, y ese es el principal problema.



