Hoy: Sáb, agosto 15 2026

El año más violento

En muchos lugares del mundo, la pandemia sirvió para algo bueno: reducir los índices de homicidios. En Cúcuta, sin embargo, no fue así.

Contrario a lo sucedido en cientos de ciudades del planeta que también vivieron extensas cuarentenas obligatorias que se prolongaron por meses, en Cúcuta los homicidios aumentaron un 30% en comparación con el 2019, y julio, mes en el que las restricciones aún eran severas, fue el mes más violento del año, con 38 homicidios.

Según las estadísticas de las autoridades, entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 2019, en Cúcuta se cometieron 198 homicidios; el año pasado, esta cifra fue de 258, es decir, 60 homicidios más. De hecho, el 2020 cerró como el año más violento desde el 2013.

De los 258 homicidios registrados en Cúcuta durante el 2020, al menos 170 fueron cometidos por sicarios, 27 ocurrieron en riñas, 22 más en medio de atracos y 39 siguen sin establecer.

Al observar estas cifras, la gran pregunta que surge es, ¿cómo es posible que en un año donde la ciudad estuvo cerrada por tanto tiempo, se cometan tantos homicidios? Las autoridades, tristemente, no tienen una respuesta clara.

Por un lado, pretenden mostrar que los crímenes obedecen a disputas territoriales entre la guerrilla del Eln y Los Rastrojos. De hecho, el alcalde Jairo Yáñez aseguró, asesorado no se sabe por quién, que el 80% de los homicidios del 2020 habían ocurrido en la zona rural de la ciudad, en el marco de esta guerra que enfrenta a guerrilleros y rastrojos. Nada más lejos de la realidad. La estadística muestra que solo el 15%, es decir, alrededor de 39 homicidios, tuvieron lugar en la zona rural de Cúcuta.

Por otro lado, se pretende hacer creer que los muertos, al menos los que murieron a manos de sicarios, ‘algo debían para terminar así’, validando una especie de justicia por mano propia o, peor aún, casi que justificando dichos crímenes porque los muertos eran ‘bandidos’. En una ciudad, donde las disputas entre personas se resuelven a plomo, no solo la esperanza está perdida, sino que el Estado se desdibuja a tal punto, que parece no existir o solo ser un convidado de piedra en una guerra que, aunque ocurre frente a sus narices, le sobrepasa y le domina.

Muchos atribuyeron el incremento de los homicidios a una incapacidad operacional del entonces comandante de la Policía Metropolitana de Cúcuta (Mecuc), coronel José Luis Palomino. La presión fue tal, que el gobierno decidió, por primera vez en la historia de la ciudad, nombrar a un general al frente de la Mecuc.

Con bombos y platillos, el gobernador, el alcalde y hasta el obispo, recibieron al general Óscar Moreno, confiados en que su sola presencia bastaba para que los criminales huyeran despavoridos. Pero no fue así.

Solo el viernes pasado, dos hechos perpetrados por sicarios estremecieron a la ciudad y dejaron como saldo trágico dos hermanos muertos y un tercer hombre gravemente herido. Hace dos días, el miércoles, la zona rural de Cúcuta fue nuevamente el escenario escogido por los violentos para dejar dos cuerpos sin vida, en Puerto León y Aguaclara. Y todos los días, por redes sociales, se viralizan los videos de un grupo de motorizados que, sin ningún temor, roba en cualquier calle de la ciudad, arma en mano e impunidad garantizada, porque parece ser invisible para las autoridades.

Mientras todo esto sucede, el secretario de Seguridad de Cúcuta, Alejandro Martínez, se la pasa entregando volantes, barriendo parques y corriendo ‘chirris’ de las esquinas, sin que se le note una estrategia clara que permita contrarrestar estos delitos que desangran a la ciudad.

Aunque, para ser sincero, tampoco es que pueda hacer mucho con una secretaría sin presupuesto y a la que el mismo alcalde parece tener relegada. No en vano, el año pasado renunciaron dos secretarios y un subsecretario de este despacho.

A futuro, el panorama parece desolador. Cúcuta, poco a poco, se ha convertido en un destino apetecido por narcotraficantes y lavadores de dinero que, atraídos por la aparente permisividad de las autoridades y la cercanía de la frontera con Venezuela, encuentran un escenario ideal para desplegar sus actividades criminales y pavonearse como ‘grandes empresarios’ en sus autos de lujo, generando dividendos infinitos con sus empresas de papel y logrando siempre el saludo amable de los que ven en ellos una oportunidad para reactivar la economía de la ciudad. Pero, ¿a qué precio?

El Santanderista

9 comentarios en “El año más violento”

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