A pesar de la discusión sobre su verdadera fecha de fundación, que para los libros de historia se dio el día de la donación de los terrenos por parte de Doña Juana Rangel de Cuéllar (17 de junio de 1733) y para algunos el día en que efectivamente se erigió la parroquia por parte de la Real Audiencia, luego de cumplir los requisitos exigidos para tal fin, lo cual ocurrió casi año y medio después (20 de noviembre de 1734), lo cierto es que nuestra ciudad se acerca a sus 300 años de fundada de acuerdo con la tradición española y si bien debemos mirar lo que hemos logrado en estos casi tres siglos, también debemos enfocar la mirada en el futuro y proponernos cosas mejores en los años que vienen.
El fin de la guerra de la Independencia y la posterior segregación entre Colombia y Venezuela, puso a Cúcuta en el borde de una línea imaginaria que marcaría su destino para siempre; algunos años impulsada por bonanzas comerciales y otros años sometida a las crisis en un vaivén de situaciones y emociones alrededor de esa línea imaginaria que llamamos frontera.
Las huellas del tiempo en la ciudad, que son sus calles y avenidas, nos muestran una reconstrucción central bastante ordenada luego del terremoto de 1875, con una planificación urbana bastante acertada durante el siglo pasado y hasta finales de los años 80. Desde entonces casi todo ha sido un caos al vaivén del Bolívar y el desarrollo de la ciudad se ha dado en un permanente desorden y una falta de autoridad. Pero no nos quedemos con lo malo, Cúcuta es una ciudad que ha sabido reinventarse, una ciudad a la que criticamos por la falta de pertenencia de sus habitantes, pero a la que todos queremos y no cambiamos por nada, por algo estamos acá.
Más que celebrar un cumpleaños creo que debemos aprovechar la fecha para hacer una reflexión sobre lo que no estamos haciendo bien como ciudad y empezar a trabajar para cambiarlo, cada uno aportando su grano de arena desde su trabajo y desde su posición como ciudadano, entendiendo que no solo tenemos derechos sino también bastantes deberes por cumplir, especialmente a la hora de respetar y cuidar a la ciudad.
Quiero dejar una reflexión del General Santander plasmada en una carta enviada a su amigo Francisco Soto cuando pasó por Cúcuta en su regreso a Bogotá luego del exilio.
“Mi entrada a esta patriótica Villa la contaré como uno de los mejores días de mi vida. ¡Qué entusiasmo! ¡Qué afectos! ¡Qué patriotismo! Yo no lo puedo expresar: las lágrimas me corrían por las mejillas del gozo y gratitud hasta el punto que no pude continuar hablando al pueblo para expresarle una parte de la sensibilidad de mi corazón. ¡Ah! ¡Si la Nueva Granada tuviera cien pueblos como San José de Cúcuta! Aquí hay verdadero patriotismo comprobado, no haciendo el acta del 21 de abril, ni obrando en consecuencia con laudable constancia, sino sufriendo con resignación esta maldita aduana que tendrá con el tiempo peores resultados que la mancha y el gusano. Mucho, mucho me he acordado de ustedes, ¡Cuán no habría sido mi gusto el haber visto a usted en medio de los patriotas habitantes de este lugar!”.
Y tenía razón el General, aún seguimos sufriendo esta maldita aduana.



