Las alcaldías de Medellín, Cali y Bogotá tienen varias cosas en común, entre ellas su tendencia ideológica, bajos niveles de aprobación y la percepción mayoritaria de que las cosas están empeorando, aunque el punto clave esta en su forma de gobernar, o su talante, podríamos decir.
En Bogotá la percepción de que las cosas están empeorando llega a máximos históricos. En la última medición de Invamer, para febrero de este año, se ubicó en un 85%, pero en lo que va de gobierno de Claudia López, llego al 88%, cifras que no tienen semejantes en ningún gobierno anterior. Igualmente, en el gobierno de Daniel Quintero en Medellín se llegó a un 76% de percepción de que las cosas van por mal camino, valor más alto en la historia de esta medición desde 1994; para el mes de febrero se ubicó en el 64%. Y ni qué decir de Cali en cabeza de Jorge Iván Ospina, la cual llegó a tener una percepción de un 90% de que las cosas en la ciudad están empeorando; para este mes de febrero fue de 83%. Los tres han roto los récords de medición de la percepción sobre el rumbo de sus ciudades.
En cuanto a la calificación individual de sus gobiernos, los tres se corchan, los tres tienen una desaprobación más alta que su aprobación. El caso más dramático es el de Cali, un alcalde que cuenta con una desaprobación del 73%, le sigue Claudia López con un 65% de desaprobación, y finalmente Daniel Quintero con un 48% de desaprobación, frente a un 43% de aprobación.
Un punto de encuentro de estos tres gobiernos más allá de sus coincidencias ideológicas, es su forma de gobernar, los tres, cada uno con sus matices, tienen una actitud de pugnacidad y confrontación, más propia de los procesos de campaña que del ejercicio de gobierno. No hay una semana en la que no aparezcan partícipes de una polémica nacional, parecen estar más preocupados por la contienda electoral que por el manejo de sus propias ciudades. La apuesta de polarizar la ciudadanía, la apuesta por dividirla, puede que sume en épocas electorales, pero a la hora de gobernar pasa factura. Pero no se mal entienda, no es la crítica o el control político lo que rompe y desvirtúa el ejercicio de gobierno, es la creación del otro como un actor ilegítimo, es la posición de superioridad que no reconoce errores, ni busca construir acuerdos, sino imponer su visión por sobre las otras.
En Medellín son el pan de cada día las confrontaciones del alcalde, un día con el gobernador, al otro con los alcaldes del Valle de Aburrá, después contra instituciones como “Medellín cómo vamos”. Todos los días se enfrasca en una nueva pelea, que sea cual sea el resultado lo que hace es generar división y desdén en la ciudadanía. Ni qué hablar de Bogotá y de Cali, los cuales van en la misma vía. Los tres tienen el mismo recurso discursivo, la culpa es siempre de los otros. Si en Bogotá hay problemas con el orden público, no es culpa de la alcaldesa, sino del gobierno nacional, si la movilidad está colapsada es culpa de la gente que compra carros. Con Daniel Quintero en Medellín opera igual, frente a cualquier problema la respuesta es la misma, la culpa es del Grupo Empresarial Antioqueño.
Finalmente cabe recordar una frase de Max Weber, sociólogo alemán, el cual, refiriéndose a los deberes de los gobernantes, decía que “el honor del estadista dirigente, está en asumir la responsabilidad de todo lo que hace, responsabilidad que no debe ni puede rechazar o arrojar sobre otro”. Frase que deberían leer y aplicar muchos mandatarios, en particular los de Cali, Bogotá y Medellín.




2 comentarios en “LA CULPA ES DEL OTRO”
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