Ayer fue cuarta tendencia nacional en Twitter la etiqueta #CucuteñoSigueCucuteño. La red social se llenó de cientos de mensajes de personas en todo el país hablando de la ciudad que los vio nacer, o los acogió en algún momento de su vida. Fue verdaderamente emocionante ver a tantas personas etiquetándose entre sí, siguiéndose mutuamente y reconociéndose en la red, algunos, después de muchos años sin saber del otro.
Sin embargo, analizando la mayoría de los mensajes que circularon con esta etiqueta, llama la atención que cuando el que escribía quería reconocer algo positivo de la ciudad, apelaba casi siempre a la comida. En ese sentido, abundaron fotos de pasteles de garbanzo, mute, cabrito, cortados de leche, rampuchadas y otras comidas típicas de la ciudad. También, sitios emblemáticos que algunos recordaban con nostalgia. Sin embargo, más allá de la comida y algún sitio de la ciudad, los tuiteros cucuteños parecieron no hallar nada más qué destacar. Puede que la dinámica de la tendencia sea esa, pero si no lo era, ¿por qué nos cuesta encontrar cosas positivas y qué destacar de nuestra ciudad, además de la comida?
Bajo la tendencia que se viralizó, hubiese sido bueno encontrar recomendaciones de personas que ejercen la medicina, el derecho, son líderes sociales o se destacan por sus trabajos comunitarios en los barrios donde viven. También, y por qué no, hubiese sido bueno que se destacara la gestión de algún político, si es que hay alguno que tenga algo bueno que merezca ser destacado. Porque, y ese es el problema, en la ciudad somos rápidos, rapidísimos, para señalar lo que está mal. En cambio, nos cuesta muchísimo reconocer lo que está bien. Pareciera que, aunque sabemos que hay muchas cosas buenas, no las reconocemos porque nos cuesta darle mérito al que está haciendo las cosas bien. ‘Ese trabaja con fulano de tal’; ‘a ese lo patrocina tal persona’; ‘ese hace eso porque está en política’; ‘lo hace por puro interés’…y así, nos acostumbramos a anular el bien que hace el otro.
Qué bueno sería que, por un día, una semana, un mes, al menos, nos dedicáramos a destacar lo que nos gusta de esta ciudad, lugares, comidas, personas, procesos sociales, políticos y comunitarios que nos emocionan. Qué bueno sería que, por un tiempo, depusiéramos nuestros prejuicios y pudiéramos ver más allá de las barreras ideológicas que nos impiden reconocer el bien que hace el otro. Qué bueno sería que, por primera vez en mucho tiempo, nos reconociéramos como cucuteños todos, hijos de una misma tierra que nos necesita y empezáramos a jalar para el mismo lado. ¿Muy difícil?



7 comentarios en “¿Por qué nos cuesta hablar bien de Cúcuta?”
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