Argumentos violentos

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En la madrugada del 20 de octubre se activaron explosivos en varios puntos de Cúcuta y Villa del Rosario. Por fortuna, no hubo personas lesionadas. Ese mismo día circuló un comunicado en el que el ELN asumió la responsabilidad de los ataques y señaló que estaban dirigidos contra los dispositivos de fotomultas. Allí explicaron las razones de estos hechos violentos indicando que es un negocio privado, que incumple con la misión pedagógica y preventiva, y que desangran la economía del ciudadano de a pie. Lo novedoso es que en redes sociales un grupo amplio de personas aplaudió y justificó estas actuaciones con frases como: “Gente que le pone el alma”, “Para la próxima con más poder para que las tumben y no se les olvide el peaje de Villa del Rosario”, “Una buena que se le vio”, y “Por fin alguien que nos defiende”.

Algunas personas tomaron estos comentarios en tono de broma sin agregar mayor importancia; otras los tomaron en tono de amenaza y como una señal de alerta. Considero que estas justificaciones se dieron, principalmente, porque no hubo personas heridas. Pero hay un tema de fondo que merece ser analizado y para ello tendré en cuenta algunas ideas que propone el historiador Jorge Orlando Melo en su libro Colombia: las razones de la guerra.

Primero, la idea de que en Colombia se ha debatido extensamente sobre las causas de la guerra, pero no sobre su justificación, sobre los argumentos de quienes la defienden. Por ejemplo, durante la Conquista los españoles justificaron la violencia porque querían imponer su autoridad sobre los indios y convertirlos en sus siervos; en el proceso de independencia, los patriotas justificaron la violencia porque existía un derecho natural a rebelarse y por el derecho a crear una república libre e independiente; y en tiempos recientes de 1950-2016 la violencia se justificaba por el predominio de una sociedad injusta, oligárquica, que oprimía a la población y que, por lo tanto, se justificaba una rebelión con el fin de instaurar un orden más justo. A esta última etapa se sumaron dos factores determinantes: el auge del narcotráfico y la alianza ilegal entre el Estado y los particulares para defenderse de la violencia guerrillera.

En segundo lugar, Jorge Orlando Melo plantea una “hipótesis optimista” consistente en que, después de largas etapas de negociación con múltiples grupos armados entre 1982 y 2016, ya no existen argumentos fuertes para el mantenimiento de la violencia política, pues la violencia paramilitar y guerrillera parece haber perdido buena parte de su capacidad para atraer nuevos militantes, a pesar de que aún subsisten algunos grupos. Esta idea la confronta con la “hipótesis pesimista”, que no es más que el probable estancamiento de cambios sociales y progresistas por causa de la alianza tradicional de una sociedad que se niega a realizar reformas necesarias.

La tercera idea es que una consecuencia de la generalización de la violencia ha sido la creación de un ambiente cultural en el cual el uso de los medios violentos en la vida personal se ha vuelto mucho más fácil, natural y frecuente. Por ejemplo, la violencia familiar, los maltratos a los hijos y hacia las mujeres, el uso de la fuerza en los procesos educativos y la tendencia a recrudecer los conflictos personales.

Uniendo estas ideas al análisis de los hechos violentos de la semana pasada se puede concluir que, a pesar de que las justificaciones de la violencia han estado presentes en buena parte de nuestra historia, son pocas las personas que asumen ciertas causas y las convierten en razones para actuar de manera violenta; que las explosiones contra los dispositivos de fotomultas pudieron llegar a tener algún grado de aceptación por la ausencia de personas heridas, por el rechazo a este tipo de mecanismos para controlar el tránsito en la ciudad y por la generalización de la violencia en el país, especialmente de la región.

Sin embargo, aun cuando muchas personas consideramos que no existen argumentos para ejercer la violencia, todavía hay algunas que se sienten desamparadas frente a unas alianzas tradicionales que estancan el avance social y propagan injusticias. Supongo que algunas de esas personas hacen parte del grupo que “sentía un fresquito” con los ataques. He sido defensor de la hipótesis optimista que plantea Jorge Orlando Melo, pero las instituciones públicas no pueden restar importancia o simplemente anular a quienes, sin recurrir a la violencia, dudan de esta hipótesis, pues en Colombia existe una larga y dolorosa experiencia en indignaciones que generaron argumentos para actuar de forma violenta.

Kenny Sanguino Cuéllar

Profesor investigador Universidad Libre de Colombia Seccional Cúcuta

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