Hoy: Dom, agosto 16 2026

EN EL VALLE DE CÚCUTA NUNCA HABRÁ MOMENTO PARA CLAUDICAR

La hazaña épica del 28 de febrero de 1813 en la Villa de San José de Cúcuta, entre el ejército realista invasor y el ejército libertador, inmortalizada en la cuenta histórica como la “Batalla de Cúcuta”, cambió no solo el curso sino el destino de la guerra de independencia.

Tres años atrás acaecía un instante privilegiado del desenvolvimiento de las colonias americanas, de súbito había surgido una protesta popular que rauda adquirió dimensiones de una gran tormenta revolucionaria, un estruendoso movimiento independista se extendió sin barreras, rugió el violento despertar del pueblo que tomó conciencia de libertad, del valor de la emancipación y del derecho que tienen los pueblos para gobernarse por sus propias leyes y costumbres, un eco retumbó y germinó en nuestra tierra con el nacimiento de la “Primera República Granadina”.

Como hoy en día, la inevitable desunión por el agudo regionalismo, las pugnas ideológicas y luchas internas por el poder, nos dividieron y complicaron nuestra infanta organización política. En ese entonces, se desencadenó una guerra civil.

Sin liberarnos definitivamente de la influencia española, primero debíamos negociar la paz interna y sanar las heridas lacerantes del conflicto interno, constituir un gobierno unitario que personificara los valores de la nacionalidad, y fortalecer, antes de que fuera demasiado tarde, la defensa del país ante el riesgo inminente de la reconquista española que se precipitaba con la expedición pacificadora “Régimen del Terror”.

Acertadamente el Congreso Federal asignó a las tropas del gobierno de las Provincias Unidas de la Nueva Granada apostadas en Barranca a cargo del Coronel Simón Bolívar, la misión de contener la ofensiva enemiga avistada en los valles de Cúcuta y, salvaguardar la privilegiada ubicación estratégica de nuestra ciudad.

Una pequeña guarnición militar integrada por jóvenes patriotas guiada por la audacia y preeminente sapiencia militar de un Bolívar guerrero antes que político, se abrió paso desde Ocaña, rompió trochas y montes hasta salir a Salazar de las Palmas, y arribó desde San Cayetano al Valle de Cúcuta, para vencer a los españoles apertrechados en el corazón de la ciudad al mando del brigadier Correa, quien se vio obligado a huir con sus tropas hacia territorio venezolano, cerrando así de tajo y para siempre la posibilidad de una eventual avanzada realista desde Venezuela contra la Nueva Granada.

El florido ambiente de la ciudad cobijó a los héroes y desde aquí Bolívar ahora con el rango de brigadier y al mando de las tropas de la Unión en la Frontera, partiría triunfal a liberar Venezuela, su patria natal, la brillante campaña -admirable- lo llevó en pocos meses a recuperar y entrar triunfante en Caracas, recibiendo allí el título que orgullosamente ostentaría por el resto de su vida: el de “Libertador”.

Los efectos favorables que trajo la jornada bélica de la Batalla de Cúcuta a estas tierras fronterizas y a la incipiente República Granadina, aún prevalecen incólumes pese al trasegar inexorable de los años con sus conflictos, terrorismo, dificultades políticas, sociales y económicas, estás últimas convertidas en yugo que eclipsa la tan anhelada y radiante libertad que nuestras naciones hermanas lograron con la gesta libertaria.

Hoy más que nunca deberíamos seguir el ejemplo de aquellos indómitos hombres que forjaron nuestra libertad, atrevámonos a construir una nueva frontera, a no perder las esperanzas, a luchar solo con la legalidad como bandera y al unísono contra los males comunes, a restaurar definitivamente el intercambio comercial, alcanzando la grandeza que nos merecemos como la frontera más activa de América Latina, y comprometámonos a no retroceder ni detenernos nunca más hasta alcanzar el progreso, prosperidad y oportunidades tan anheladas.

Herederos de la gloria cosechada en estos campos, guardemos con gratitud y admiración el recuerdo de lo conseguido por el ejército libertador aquella mañana de domingo, en un cerro agrietado, reseco y rojizo de aire recalentado e hirviente, cubierto solo de cujíes, bajo un inclemente sol de lanzas doradas, donde aconteció el épico momento que se tradujo en el principio del fin de la tiranía española en nuestra tierra, el génesis de nuestra nacionalidad, grabando en nuestra memoria colectiva ese designio de unión que aún fulgura  en los corazones de  dos pueblos hermanos desde siempre.

 

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