La década pasada se caracterizó por un crecimiento acelerado y sobre todo constante, en la que se recuperó el terreno cedido durante la gran recesión del año 2008 y se alcanzaron nuevos máximos históricos en los mercados financieros de los países desarrollados. Esto sucedió gracias a la respuesta de la Fed de generar planes de estímulo económico a través de emisión monetaria para dinamizar la economía aunado a una importante innovación tecnológica.
La primera parte de la década pasada fue también un camino de crecimiento para Latinoamérica y para Colombia gracias al alto precio de las materias primas, especialmente en lo relacionado con minería e hidrocarburos. Fue un periodo de revaluación monetaria donde el peso se convirtió en una moneda relativamente fuerte, aumentando el poder adquisitivo de empresas y consumidores por igual. Al mismo tiempo, muchos de nuestros exportadores sufrieron las consecuencias de la pérdida de competitividad. El país se benefició por conseguir deuda barata al haber alcanzado el grado de inversión. Muchos recuerdan con nostalgia los días del dólar a 1.800 pesos.
La segunda parte de la década, en cambio, tuvo un reacomodo muy importante en la geopolítica mundial porque Estados Unidos, con la adopción masiva del ‘fracking’, logró satisfacer en buena medida su demanda interna de petróleo y se convirtió en exportador de este preciado líquido por primera vez en su historia. Esta situación desplomó los precios del crudo en más de un 70% y generó una crisis para los países productores. Lo que parecía coyuntural, resultó siendo un cambio estructural que llegó para acompañarnos hasta el presente, con una recuperación apenas parcial del precio que dista mucho de los precios máximos que se vieron hasta finales del año 2014. Este entorno ha generado una valorización del dólar y una devaluación en las monedas de la región (en particular del peso colombiano), junto con un estancamiento del crecimiento económico agregado. La autosuficiencia petrolera y un recorte agresivo de impuestos corporativos durante el gobierno Trump, permitieron un comportamiento excepcional de la economía estadounidense.
Un cambio en las reglas de juego de dimensiones similares está por ocurrir ahora; factores como la crisis de deuda y recesión económica que deja la pandemia, el cambio climático y el desarrollo de energías limpias, van a sacudir el orden económico mundial. Sin duda alguna la factura de la COVID-19 tendrá que ser pagada por los contribuyentes con nuevas reformas tributarias que revertirán las exenciones existentes. La llegada de Joe Biden al poder y los lineamientos del Foro Económico Mundial, implicarán un enfoque en el estimulo de la economía con el impulso de las energías renovables y el consecuente deterioro de la industria petrolera, que tanto protegió Trump. El efecto será menor demanda de crudo y carbón, lo que llevará de nuevo los precios a la baja.
Este escenario implica un reto de adaptación para Latinoamérica que no tiene una fortaleza visible en materia de energías renovables, y por el contrario aún tiene mucha dependencia de los hidrocarburos. Sin embargo, este entorno también trae enormes oportunidades para gobiernos, empresas e individuos que inviertan en proyectos de energías limpias que auguran dominar el abastecimiento energético del futuro, generando altas rentabilidades. Lo que está claro es que el mayor beneficiario de todo esto será el planeta.




2 comentarios en “El gran reinicio económico: Un nuevo paradigma mundial”
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