Vivir en democracia exige a las entidades estatales tener capacidad suficiente para proteger las voces y brindarles bienestar a quienes participan activamente en ella, pues en la deliberación y las oportunidades del desarrollo está el espíritu mismo de la construcción de los principios democráticos. Por desgracia, Colombia ha sido un territorio consumido por la errónea idea de que ser contradictor es igual a ser enemigo, llevando a decisiones muchas veces fatales, que no permiten a nuestra sociedad avanzar hacia un mejor futuro.
Reflejo de ello es que, en lo transcurrido del 2021, según cifras de INDEPAZ (23 de julio de 2021), se han presentado 103 homicidios en contra de líderes sociales a lo largo y ancho del territorio nacional. De estos, 3 se han perpetrado en territorio nortesantandereano, cuyas víctimas cumplían labores de liderazgo cívico y comunal. Lamentablemente, estos hechos no terminan ahí. Por otro lado, se han presentado 31 casos de homicidio a firmantes del Acuerdo de Paz, de los cuales Norte de Santander también cuenta sus víctimas, con 1 caso perpetrado en el territorio departamental.
A lo anterior es prudente adicionar que, desde 2020, según la misma fuente, 18 líderes sociales han sido asesinados en Norte de Santander. ¿Qué razones han causado la pérdida de estas vidas? Muchas veces quedan reducidas a la mera intolerancia y estigmatización que se ha tejido alrededor de la figura del “líder social”. Sin embargo, lo que más causa terror es el silencio que se apodera de toda una sociedad rendida a fuerzas delictivas que, por propósitos económicos e ideológicos, destruyen el alma de nuestra región.
A ello, debemos sumarle la creciente violencia que azota a Norte de Santander, donde, por ejemplo, los homicidios registrados en la estadística delictiva de la Policía Nacional, para el periodo comprendido entre el 1 de enero y el 30 de junio de 2021, suman un total de 263 muertes violentas. Ni qué hablar de hechos de público conocimiento, entre otros, el atentado al Batallón de Cúcuta o los disparos efectuados al helicóptero presidencial, tendientes a generar un estado de terror y suspenso en la comunidad.
No obstante, es más preocupante ver que la solución a tan trágica realidad está lejos de materializarse. Los desafíos que debe asumir el Estado colombiano parecieran que en muchas regiones como la nuestra, fuesen objetivos imposibles de lograr. Protección a la integridad humana, garantizar los derechos básicos; las condiciones mínimas para una vida digna no se encuentran presentes en muchos lugares de Norte de Santander. En consecuencia, la criminalidad, la ley del más fuerte y el terror se fortalecen en estos territorios.
En mi condición como diputado a la Asamblea de Norte de Santander, he podido evidenciar de primera mano estos vacíos institucionales que debilitan totalmente nuestra democracia. Sin embargo, entre más buscamos soluciones locales, más me convenzo que, por años, las prioridades políticas nacionales (sobre todo las actuales), están desconectadas de la realidad o simplemente la ignoran.
¿Cómo puede un país acabar con el narcotráfico cuando no busca resarcir las precarias condiciones sociales de los departamentos que mayores cultivos de coca producen? ¿Cómo puede un gobierno hablar de desarrollo fronterizo cuando desconoce las dinámicas naturales que estos territorios experimentan? ¿Cómo puede existir gobernabilidad cuando solo se reconoce una parte de la población? ¿Cuál es la insistencia de hacer políticas públicas que ataquen los efectos y no profundicen en las causas?
Entre la violencia e indiferencia hemos vivido las consecuencias más difíciles de nuestra realidad y, aunque a veces el futuro parezca peor, también quiero expresar con ilusión que estas situaciones de crisis conllevan a puntos de quiebre donde surgen oportunidades. Una juventud más participativa y exigente se abre camino, una comunidad consciente de buscar asociaciones de objetivos para fortalecer sus proyectos de vida y los mecanismos que impulsan los liderazgos colectivos crearán una democracia fuerte y eficiente. No podemos dar nada por sentado, no tenemos por qué callar nunca nuestra voz, a exigir al mismo tiempo que damos ejemplo, serán las consignas que puedan romper los límites que han frenado esta hermosa región.



