Como Médico Mastólogo (especialista en enfermedades de las mamas), desempeño mi labor en las ciudades de Cúcuta y Bogotá, trabajo en instituciones tanto públicas, como privadas. Es allí, donde he podido vivir de cerca las experiencias de los pacientes venezolanos, la gran mayoría hacen parte de los millones de migrantes que ha generado la complicada situación política, económica y social del país hermano.
El primer escenario al que se enfrenta cualquier migrante es el de iniciar un interminable periplo burocrático para la legalización de su estadía en el nuevo país. Tienen la obligación de asistir a las oficinas de Migración, sellar pasaportes y obtener permisos de permanencia. Luego de esto, deben ubicar un asentamiento donde pasar los días y noches, por lo que muchos de ellos acuden a organismos humanitarios de cualquier índole para encontrar socorro. Al lograr establecerse, les es indispensable salir en búsqueda de trabajo, como todos los seres humanos, para poder adquirir alimentos y artículos de primera necesidad. Este primer contacto con la nueva realidad que afrontan se convierte en una cruzada de supervivencia. Sin embargo, en este punto, dicho camino, a pesar de largo y tedioso, es llevadero. Pero, ¿qué sucede si, adicionalmente, ese migrante es un paciente diagnosticado con una enfermedad potencialmente mortal?
Para contextualizar esta situación, quiero contarles la historia de Coromoto (nombre ficticio). Ella es una mujer de 42 años, proveniente de Puerto Cabello, ciudad del Estado Carabobo, ubicada a 207 km al este de Caracas. Madre soltera de 3 hijos de 22, 17 y 9 años. Arribó a Cúcuta en enero del presente año, desesperada por la precaria situación económica de su país natal, ya que su sueldo como profesora de primaria difícilmente le alcanzaba para comprar alimentos.
Durante las faenas diarias para proveerles el sustento a sus hijos, notó que una masa apareció en su mama derecha; al principio le restó importancia, probablemente atribuyó esto al estrés de la vida diaria y al esfuerzo físico que requería su nuevo trabajo como vendedora ambulante. Con el pasar del tiempo, y sin comentarle nada a sus hijos, evidenció que la masa había aumentado de tamaño y la coloración de su mama derecha se había tornado rojiza. Al haber advertido estos cambios, Coromoto decidió acudir a un centro para la atención de migrantes donde fue valorada por un Médico General que, en medio de la limitación de los recursos disponibles, le ofreció manejo analgésico y antibiótico, y le recomendó asistir a una valoración por un Mastólogo.
A raíz de la preocupación generada luego de la valoración médica inicial, Coromoto, por medio de una ONG Católica, logró reunir el dinero necesario para acudir a una cita conmigo en una de las instituciones hospitalarias de la ciudad. Al llegar a consulta, me encontré con una paciente joven, caribeña, llena de vida, pero que sus ojos reflejaban la profunda angustia ocasionada por el mortal inquilino que se alojaba en su mama derecha. Le realicé un exhaustivo interrogatorio y examen físico, encontrando, además de la masa en su pecho derecho, unas adenopatías (ganglios linfáticos) altamente sospechosas a nivel de su cuello. A continuación, le solicité toda la batería de exámenes para el diagnóstico y la estadificación del cáncer de mama: biopsias, tomografías, laboratorios, etc.; sin embargo, al entregarle todas las órdenes, caímos en cuenta de que, para ella, como migrante, sería muy intrincado acceder a la realización de estos estudios, puesto que no se encontraba dentro del censo de migración ni con acceso al sistema de salud subsidiado. Teniendo en cuenta este último aspecto, entre los dos, con cierta complicidad, tratamos de vislumbrar posibles soluciones a su situación, pero todas las opciones requerirían de un tiempo prolongado para lograr establecer el diagnóstico específico e iniciar el tratamiento preciso. Inmediatamente, un sentimiento de frustración impregnó el ambiente del consultorio.
Esta es una de las muchas historias que he vivido con pacientes provenientes de Venezuela durante los últimos 3 años de mi carrera como médico. La gran mayoría tienen un final similar al de Coromoto, pues a pesar de realizar esfuerzos personales, grupales o institucionales, para lograr diagnosticar a las pacientes con cáncer de mama, al momento de ofrecer los tratamientos, sobre todo los de quimioterapia o radioterapia que presentan altos costos, encontramos que estos esfuerzos han sido en vano, y que la desventura de no contar con un seguro sanitario (al igual que en el caso de muchos colombianos), es la condena a un fatal desenlace por causa de una enfermedad mortal, pero potencialmente curable.



