Hoy: Dom, agosto 16 2026

La incertidumbre: Eterna compañía

Para bien o para mal, los seres humanos somos una especie diferente al resto de las demás que componen el reino animal. Somos especiales fundamentalmente gracias a la inagotable capacidad que tenemos de experimentar emociones y sensaciones de todo tipo. Solo los humanos conocemos la melancolía, la ira, el orgullo, la envidia o la nostalgia. Sumado a lo anterior, existe una característica especial que separa a los humanos del resto de especies que habitan el planeta: su capacidad de imaginar el futuro y preocuparse por él.

La necesidad de la especie homo sapiens de planificar y controlar los riesgos futuros da origen a una sensación particular: la incertidumbre. Esta se define esencialmente como la falta de certidumbre, y no hay nada que moleste más a un sapiens que no tener certeza sobre algo. De allí que hayamos inventado sistemas de seguridad pensional, de salud, de seguridad alimentaria y de seguridad nacional. Nos inquieta la incertidumbre y nos tranquiliza la certeza, en esto no hay duda.

Ahora bien, la vida no ha sido siempre tal y como la conocemos actualmente, ni las certezas de hoy son las mismas de ayer. Por ejemplo, si mientras el lector lee esta columna lo azota el hambre o la sed, basta con levantarse y caminar unos pocos metros hacia el refrigerador para saciar ambas necesidades. Por lo general, se tiene la certeza de que allí se encontrarán alimentos y líquidos, y que el camino de regreso a la cama o el sillón no debería representar mayor riesgo.

Sin embargo, si hubiese nacido hace al menos 300.000 años, el mismo ataque de hambre lo habría llevado a iniciar la cacería de alguna presa de buen tamaño en compañía de una cuadrilla de colegas, de la misma forma en que la sed lo habría obligado a recorrer cientos de metros hasta alcanzar alguna fuente de agua natural. Nunca había certeza de que la cacería fuera exitosa y solo en ciertas circunstancias había seguridad de estar caminando en la dirección correcta hacia la fuente de agua.

La incertidumbre ha estado presente permanentemente a lo largo de la historia de la humanidad y hemos comprendido a regañadientes que no es posible erradicarla. Hace 2,5 millones de años el hombre cazador-recolector temía en sus caminatas ser sorprendido por un depredador de mayor tamaño, ya fuera un león, un jaguar o una jauría de lobos. El hombre agricultor de hace 12.000 años, temía que una sequía acabara con su cosecha y condenara a su aldea a meses de hambruna. Por su parte, los hombres que vivieron hace 5.000 años, conformaron grandes ejércitos para mitigar la posibilidad de ser invadidos por algún reino extranjero.

En vista de lo anterior, el hombre se empeñó en construir un modelo de sociedad moderno que respetara la dignidad humana y garantizara los derechos individuales y colectivos; es decir, un modelo en donde existan más certezas que incertidumbres. Sin embargo, la única constante ha sido el fracaso en relación a este objetivo.

Pensemos por un instante en la montaña rusa de emociones que debió haber experimentado un berlinés nacido en la primera década del siglo XX y que alcanzó los 80 años de edad. Esta persona sufrió la incertidumbre generada por la Primera Guerra Mundial, la Gripe Española, la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Pocos se atreverían a discutir la resiliencia que este ciudadano alemán habría adquirido hacia el final de su vida.

Solo hasta ahora, y por cortesía de la pandemia actual, las nuevas generaciones del mundo están empezando a experimentar sentimientos que golpean de forma inesperada la previa sensación de seguridad y control de la que pudieran haber disfrutado. Sin embargo, las amenazas a la calidad de vida y supervivencia del humano como especie han existido desde siempre y continuarán reproduciéndose, mutando y creciendo como lo han hecho desde hace millones de años. Los sapiens evolucionan y sus amenazas hacen lo propio, así vamos.

Adicionalmente, cabe señalar que no contamos con una capacidad destacada para entender cuál debe ser el camino del desarrollo económico y social. Para el futuro próximo se prevén amenazas de gran preocupación que poco se mencionan en las conversaciones diarias debido a la naturaleza cortoplacista del pensamiento humano. Suficiente con traer a colación el Informe especial del IPCC sobre los impactos del calentamiento global de 1,5°presentado en el año 2018, en donde se advierte un escenario apocalíptico que sentencia que la vida en este mundo terminaría en el 2050.

Este informe, presentado a la ONU por un grupo intergubernamental de expertos sobre el cambio climático, señala que la temperatura de la tierra irá aumentando de 3 a 50 grados, causando finalmente que no sea posible habitarla. A esta realidad se suman otras causas como el deterioro de la calidad del aire, el derretimiento de la capa de hielo del Ártico, la expansión de los desiertos y la sobrepoblación.

Así las cosas, la amenaza del COVID-19 nos recuerda que la incertidumbre es parte inevitable de esta experiencia que llamamos vida y que no queda otro camino que aprender a dominarla y convivir con ella, tal y como lo ha hecho nuestra especie desde que se tiene registro de su existencia. Es indispensable aprender las lecciones individuales y colectivas que nos dejará esta coyuntura, y una vez superada, dar prioridad a lo prioritario, importancia a lo importante y atender con la misma urgencia los desafíos globales en materia social y medioambiental.

Carlos Barriga M.

Internacionalista
Especialista en Gerencia de Empresas
Universidad del Rosario
Twitter: @CarlosBarrigaM

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