Las reglas son una forma de control que la sociedad decide y acuerda cumplir, buscando la forma de coexistir y de lograr convivir como sociedad independientemente de las ideas que cada uno de los miembros de esa sociedad tenga. Son acuerdos sociales que se imponen, normalmente aceptados por la mayoría de la sociedad y cuyos miembros, estén o no de acuerdo, deben cumplir mientras estén vigentes. La mayor regla o acuerdo social de una nación, es su constitución y de allí se desprende todo el ordenamiento jurídico que a pesar de sus pros y contras, ha permitido a Colombia ser un país viable.
Ahora, hay otro tipo de reglas y son las reglas que rigen en este universo que habitamos, que son en su mayoría inamovibles, fijas, que no cambian (por lo menos en este universo), y que han sido estudiadas y descritas por físicos, matemáticos y especialistas de muchas otras ramas de las ciencias. Dentro de estas reglas naturales están principalmente las reglas de la física o Philosophiæ naturalis, como las llamó Newton en sus tratados. Allí se destaca por su universalidad la ley de la gravedad, que es la más popular porque la estudiamos al final del bachillerato, y de esta se desprenden otro tipo de teoremas y normas que nos han permitido desarrollar las diferentes ingenierías con las que hemos construido el mundo tal cual como lo vemos hoy.
Pues bien, después de este breve y simple recuento de dos tipos de reglas generales, unas creadas por la mente del hombre para poder vivir en sociedad y las otras creadas por un ser superior que no comprendemos pero que son reales, puedo concluir que en Cúcuta no estamos cumpliendo unas y le estamos llevando la contraria a las otras.
Lo sucedido en esta temporada invernal, que ha sido tal vez la más fuerte de la última década, es una muestra palpable de que no venimos funcionando bien como ciudad ni como sociedad. El Estado, a través de sus entidades, no ha logrado ejercer control sobre el territorio y mucho menos planificarlo. De esta forma, el desarrollo desordenado en el que por un lado pululan las invasiones ilegales que arrasan con cuencas de quebradas para establecer sus ranchos, y por el otro lado, el desarrollo formal de construcciones que cuentan con los permisos de ley, aunque con muchas falencias en control y falta de exigencias de tipo técnico que eviten situaciones como las vistas esta semana, han terminado en tragedias humanas.
No se le puede echar la culpa a alguien en particular, creo que los culpables somos todos. No solo es el constructor por desarrollar un proyecto con este tipo de riesgo sin mitigarlo, también es el Estado, que le concede los permisos de ley sin proveer la infraestructura adecuada y sin revisar técnicamente si lo aprobado sobre el papel coincide con lo construido. También es culpable el invasor ilegal, que arrasa con caños y quebradas naturales sin permiso alguno, obstaculizando su flujo normal. Es culpable también el vecino que tapa el correr natural del agua, para habilitar un lote. En fin, somos culpables todos por estar desarrollando nuestro territorio de manera desordenada, sin control alguno y peor aún, sin exigir a nuestros gobernantes que lo hagan. Es esto en lo que deberían estar gastando los recursos públicos nuestras entidades. En planeación y control del territorio, para proveer seguridad de todo tipo y de esta forma incentivar la inversión privada con reglas claras y exigibles.
Si no hacemos un alto en el camino y nos organizamos como debe ser, año tras año estas temporadas invernales serán peores, ya que el agua y la naturaleza sí cumplen sus leyes y seguirán buscando camino para correr porque ellas sí entienden la inexorable regla de la gravedad. Sí, esa misma regla de la que hablé al principio y que nosotros estamos empeñados en ignorar, o más bien, en llevarle la contraria.



